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Mujeres de Día, Putas de Noche | Puta por una Noche

PUTA POR UNA NOCHE

PUTA POR UNA NOCHE


Los parroquianos miran con lascivia. Algunas chicas se ofrecen con un baile erótico, poniéndoles el trasero en la cara a los clientes. Pero los hombres no siempre eligen a las más bonitas, sino que pagan por mujeres por las que yo no gastaría ni un solo billete. Basta con mirarme a mí, que fui la más vestida de todo el lote y hasta me invitaron a un privado.


Entro por la parte trasera. Veo cinco ambientes, cada uno con unos cómodos sillones de terciopelo verdes y rojos, y en el medio una pista de baile. El lugar es bonito y está decorado con mucho gusto.


Me presento ante don Hernán, el administrador, que parece la encarnación de Pablo Escobar con su ponchera gruesa, su anillo dorado en el dedo, su medallón de oro y su camisa roja chillona desde donde asoma mucho pelo en pecho. “Ya, le dije a los de portería que te anoten. Llegaste a la hora precisa porque así te ganaste unos billetes por asistencia”, me recalca. Decido llamarme Romina. Son las 8:30 de la noche.


Me siento y se me acerca una niña que me pregunta: “¿Eres nueva?”. Sí, le contesto. “Yo también”, me dice.


“Llegué hace tres días”. Ella es una morena bonita que se llama Denisse y que mira fijamente mi vestido.


“¿Vamos al camarín a cambiarnos de ropa?”, me pregunta, mientras ambas sujetamos una Coca Cola en la mano. “Sólo vine con esto puesto”, le dije. “Uy, me dijo, estás con mucha ropa”.


Para ella, andar con un vestido escotado hasta el estómago era sinónimo de estar ‘muy vestida’. Esa noche, me habían advertido, las niñas tenían que andar con pollera: “Ya vas a ver como se visten las otras”.


Mientras mi nueva compañera me llevaba al camarín, pasamos por un costado de la barra y bajamos una escalera donde se encuentran tres privados, cada uno con unos sofás-camas desmontables que parecen colchonetas. Me dirijo al fondo, a un cuarto donde veo a varias chicas pintándose. Entro a uno de los camarines y una rubia de ojos azules -Rachel- me comenta: “nosotras también somos nuevas”.


“Llegamos acá hace dos días y te digo que las perras aquí no te hablan, son súper pesadas”. Rachel me mira y dice: “¿Qué te vas a poner?” Ante la insistencia de la pregunta repito: “esto es lo que traigo puesto”. Le pregunto ¿dónde vives? y me responde “no, yo soy de Chillán. Junto con ella, -apuntando a una ecuatoriana- vivimos en La Parcela”. ‘¿Qué es eso?’, pregunto. ‘Es como una residencial’, me cuentan. Está ubicada en el centro de Santiago, entre las calles San Francisco y Chiloé. Ahí les tienen camas, sauna, gimnasio y les dan de comer a las que vienen de afuera, chilenas o extranjeras.


Son las 10:30 de la noche y ellas empiezan a salir.


ASUMIENDO EL ROL


Me siento frente a dos clientes con cara de sex symbol -porque después de tanta crítica a mi ropa, decidí posesionarme de mi rol- y les sonrío. Me sonríen de vuelta. El gordo me llama y pregunta mi nombre.

 

Acto seguido, me da su número de teléfono, me cierra un ojo, y me invita mi primer trago de la noche, por la que obtengo la ficha correspondiente. ¡Bieeeen! Si quisiera, ya podría tener un cliente.


Todos los tragos que una le saca al cliente dan derecho a una ficha, es decir a dos mil pesos, que sólo se pueden cambiar antes de las diez de la noche del día siguiente.


Todas las niñas han subido y se encuentran en el salón principal, eligiendo estratégicamente donde sentarse. Me coloco junto a Denisse y ella me empieza a contar los pormenores del local: “¿Ves esos tres de allá?, son ‘tiras’… A los huevones los tratan bien. Vienen a ver si les dan ganas de tirarse una ‘maraca’, como nos dicen”. Los ignoramos y ellos nos ignoran.


Paseo la vista y veo un colorido desfile de mujeres vestidas con encajes que cubren completamente su cuerpo y sólo dejan entrever un colaless y un sostén coqueto. Hay otras con pareos y sólo un sostén.


Es en ese momento cuando me siento completamente vestida. Demasiado. Así es que me tomo las pechugas y me las entresaco un poco para dejar ver más, me subo el vestido a la altura del calzón y cruzo las piernas, como una dama, por supuesto.


Denisse me explica algo que ya me había contado el administrador del bar: si uno quiere ir a un privado, no debes pedir nunca menos de 50 mil pesos. Para lograr eso, el cliente paga una cantidad a la casa, le entregan un boucher (ticket) y se lleva una chica al privado donde estarán el rato que hayan acordado.

 

Denisse me cuenta que generalmente los tipos vienen por un momento (coito) y al tiro se visten. En eso diviso a un tipo buenmozo de lentes y me acerco a él.


Antes de llegar me dice: “Ya pedí a una chica”, y veo que se acerca una morena crespa, alta, vestida entera de blanco con su estómago y la mitad de sus senos al descubierto. Se besan un poco y parten a un privado.


Me siento al lado de Denisse, que me cuenta que sus padres no saben donde trabaja. “Creen que soy mesera en un pub”, dice entre risas.


Ella tiene un hijo de 4 años y necesita la plata para criarlo. Se nos une Ignacia, una rubia bajita vestida de falda y peto negro muy buenamoza. Es de La Serena y también vive en La Parcela. Me cuenta que está harta de alojar ahí porque ponen muchas reglas. “Si uno quiere salir tienes que decir a dónde vas, y a qué hora vas a volver.


La comida es un asco y tienes que pagarla”. Le pregunto si gana la plata suficiente, y me dice que sí, qué siempre la sacan del bar a hoteles y que puede ganar hasta más de 100 mil pesos en una noche.


COMIENZA LA ACCION


Son cerca de las 12:30 y empieza el primer show de la noche: seis chicas salen a la pista, turnándose para hacer un baile erótico. Britney Spears las acompaña de fondo. Me acerco a un señor de unos 50 años que me cuenta que está separado y se siente solo. “¿Me vas a pedir un trago?”, me dice. “Sí”, le digo, y me gano mi segunda fichita de la noche. Pero de ahí, él pierde interés en mí y me dice que es el colmo que uno pague tanta plata para venir a un lugar como éste y que las bailarinas tengan celulitis. Qué más puedo decir, le encuentro la razón. Como parte del show, lo único destacable es un baile realizado por dos chicas que ejecutan una performance lésbica, se tocan sus senos y se acarician entre las piernas. Todos aplauden.


Busco un poco de Coca Cola para paliar el mal sabor del ron y bajo a los privados. Dos de ellos están cerrados. Aguzo el oído y escucho música y unos gemidos que no sé si son de hombre o mujer. Parece que lo pasan bien. Una señora afable me ofrece ropa y despliega ante mí las tenidas más sexies que he visto: colores encandilantes, mallas, colaless exóticos, tangas, conjuntos de dos piezas y encajes.


Subo nuevamente y veo a Kiki, una de las chicas top del Lukas bailándole a unos jóvenes que están con cara de vueltos locos, vestidos como cowboys. Kiki lleva puesta una faldita azul muy linda que deja más de la mitad de su trasero al descubierto. Ni siquiera lleva un colaless. Noto que sus senos están moldeados por la silicona. Pero esa no sería la noche de Kiki. En el baño me la topo y le alabo su cuerpo.

 

Me dice que se saca la cresta en el gimnasio y que además de su trabajo en el local, estudia. Es una de las pocas estudiantes del bar, lo que desmitifica eso de que algunas son “señoritas bien”, con profesión universitaria incluida.


Vuelvo a las trincheras, pues ha llegado el momento de que alguien me invite a un privado. Mal que mal, es mi deber de “prostituta de una noche”. Busco mi víctima: son tres hombres acompañados por una morena chinchosa y escurridiza. Saco pecho y me siento entre ellos. Elijo al del medio y le empiezo a tocar el pelo y a acercarme a su entrepierna, mientras él lanza suspiros. Me invita dos tragos, mientras continúo masajeando su anatomía, con decoro, por supuesto.


De repente me besa, pero no siento asco. No siento nada.


Luego de una hora con él -donde me contó que era casado y que su esposa estaba embarazada-, me dice ‘bajemos’. Le sonrío, lo abrazo y le digo que no puedo. ‘¿Por qué?’, me pregunta. Le confieso, con cara de compungida, que estoy con mi período. La mentira funcionó porque eso le produce desagrado y un poquito de pena. Parece que quería comerme hasta los zapatos. Me levanté y lo despedí con un beso.


Son las cuatro de la mañana y veo a una chica que se está besuqueando con un viejo y corre a hacer el papeleo para salir. Se cambia de ropa -pues en los hoteles no las dejan entrar con jeans o zapatillas, ni menos vestidas de putas- y desaparece. Es la primera salida de la noche de entre las treinta y tantas mujeres que se contornean en un lugar, desesperadas por llamar la atención de algún cliente. Es increíble, pero no siempre son las más lindas las que lo logran.


Me asomo al salón VIP y veo abierta una botella de champaña. Debe costar cerca de 150 mil pesos. Esos clientes están forrados en plata y que las chicas se llevarán una buena tajada.


Mi último trago lo invita un joven japonés que no espera nada de mí.


Doy gracias a Dios porque me miro en el espejo y veo que se me corta el cuerpo y que mi cara refleja los estragos de la mentira y la falsedad. Después de todo soy periodista encubierta y en verdad odio toquetear a hombres que no me gustan

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A eso de las 5:30 se prenden las luces y tengo un respiro. Las chicas se asombran de mi audacia y me felicitan por haber conseguido tantas fichas. Decidimos tomar nuestras cosas e irnos sin la orden del administrador. Cuando ven que subo a mi auto me miran con sorpresa y suspicacia. Camino a mi casa y sonrío: entré al Lukas Bar, hice lo que quise, llevo en mi billetera cinco billetes grandes y cinco fichas que nunca voy a cobrar, porque no volveré. Bueno… una nunca sabe.

 





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